Durante más de dos siglos, los galeones partían del puerto de Acapulco, en la Nueva España, rumbo a Manila, transportando plata mexicana. A cambio, regresaban cargados de sedas, porcelanas, especias y otros bienes exóticos provenientes de Asia.
El viaje de retorno era una hazaña de navegación: aprovechando las corrientes del norte del Pacífico, los navíos alcanzaban las costas de la Alta California, para luego descender bordeando la península de Baja California hasta arribar nuevamente a Acapulco. Desde ahí, las mercancías cruzaban por tierra hasta Veracruz, y continuaban su trayecto hacia Europa vía Cuba y finalmente España.












