KM 38: la ola que puede redefinir a Rosarito

Mientras la World Surf League lleva su Championship Tour a escenarios como Raglan, donde la mítica Manu Bay confirma por qué el surf es también una cultura y una visión de desarrollo, en Playas de Rosarito existe un sitio que, sin exagerar, comparte ese mismo potencial: el KM 38.

Durante décadas, esta ola ha sido punto de encuentro para surfistas locales y visitantes, particularmente de California, que desde los años sesenta reconocen en este tramo de costa una de las izquierdas más largas y nobles del norte del Pacífico mexicano. Sin embargo, ese reconocimiento —real, ganado en el agua— no ha sido acompañado por una visión institucional a la altura.

Hoy, el KM 38 no necesita ser “descubierto”. Necesita ser entendido.

La tentación más común frente a espacios con vocación turística es la sobreexplotación: construir sin orden, saturar sin estrategia, improvisar bajo la promesa de desarrollo inmediato. Ese camino, probado en demasiados destinos costeros, no solo degrada el entorno; termina por destruir aquello que originalmente lo hacía valioso. En el caso del KM 38, ese riesgo es claro: perder la ola en nombre del progreso.

Pero existe otra ruta.

Un proyecto integral para este sitio no debe partir del cemento, sino de la ola. La infraestructura —estacionamientos, accesos, baños, terrazas— es necesaria, sí, pero debe ser pensada como soporte, no como protagonista. La experiencia del visitante debe girar en torno al paisaje, al deporte, a la identidad. Ademas organizar eventos, festivales y producir mercancia dedicada al famoso spot de surf.

La diferencia entre un desarrollo turístico cualquiera y un destino de clase mundial radica en la gobernanza. Aquí es donde los tres niveles de gobierno tienen una responsabilidad ineludible: el municipio ordenando el territorio, el estado impulsando el deporte y la promoción, y la federación garantizando la protección ambiental a través de instancias como SEMARNAT. Pero igual de importante es la participación de la comunidad surfista, que no solo conoce el sitio, sino que ha sido su principal guardiana durante décadas.

El surf, además, ofrece algo que pocas políticas públicas logran articular con éxito: impacto social. Convertir los surf spots de Rosarito en un semillero de talento, con programas dirigidos a niñas, niños y jóvenes de colonias vulnerables, no solo fortalece el deporte; construye comunidad, identidad, educación ambiental y oportunidades donde más se necesitan.

Rosarito enfrenta una disyuntiva. Puede seguir creciendo de manera inercial, acumulando desarrollos sin cohesión ni propósito, o puede apostar por proyectos emblemáticos que definan su futuro. El KM 38 es uno de ellos.

No se trata de competir con Raglan. Se trata de aprender de casos exitosos sin perder de vista nuestra realidad. Porque si algo ha demostrado el surf a lo largo de su historia es que no todas las olas son iguales, pero cada una puede ser extraordinaria si se sabe leer.

El KM 38 ya tiene lo más importante: una ola de clase mundial.
Lo que falta es un proyecto.

Escuela de Surf Locales de Carlos Luna es un ejemplo a seguir, sumar y apoyar.

Surfista en Raglan Nueva Zelanda Fotografía Armando González de la Fuente Surfista en el KM 38, Playas de Rosarito, Baja California Fotografía Armando González de la Fuente

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