Por Armando de la Fuente
En el marco del Tianguis Turístico, la gran vitrina del sector en México, surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué le hace falta realmente al país para consolidarse como una potencia turística no solo en cifras, sino en calidad de experiencia?
México no tiene un problema de atractivos. Playas paradisíacas, ciudades coloniales, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, gastronomía reconocida a nivel mundial y una riqueza cultural inigualable colocan al país entre los destinos más visitados del mundo. Sin embargo, hay un factor que sigue marcando la diferencia entre un buen viaje y una experiencia memorable: el servicio.
Diversos testimonios de turistas nacionales y extranjeros coinciden en un punto crítico: la inconsistencia. Desde el transporte hasta la atención en espacios públicos, pasando por servicios básicos como los sanitarios, la experiencia del visitante puede variar drásticamente incluso dentro de un mismo destino.
Un ejemplo revelador se encuentra en uno de los barrios más emblemáticos de la capital: Coyoacán. A pesar de su relevancia histórica y cultural, los sanitarios públicos cercanos al mercado de artesanías suelen presentar condiciones deficientes: falta de mantenimiento, insumos básicos inexistentes y una operación basada en propinas. Este modelo no solo es precario, sino que transmite una imagen de abandono institucional.
El contraste con otros destinos internacionales es evidente. En lugares como Tahití, el servicio no es un valor agregado: es parte esencial de la experiencia. La limpieza, la atención amable y el orgullo del prestador de servicios son elementos constantes. No se trata únicamente de infraestructura, sino de una cultura de hospitalidad profundamente arraigada y profesionalizada.
En México, el reto no radica en atraer turistas —eso ya se logra—, sino en garantizar que cada visitante reciba un estándar de calidad consistente. Para ello, especialistas coinciden en la necesidad de implementar un programa integral que atienda varios frentes.



Primero, la profesionalización del sector. Muchos trabajadores turísticos operan en la informalidad o sin capacitación continua. Certificaciones obligatorias, formación en atención al cliente y programas de desarrollo profesional podrían elevar significativamente la calidad del servicio.
Segundo, la inversión en infraestructura básica. Baños públicos dignos, señalización clara, accesibilidad y transporte ordenado no son lujos, sino condiciones mínimas en cualquier destino competitivo.
Tercero, un cambio en el modelo de operación de servicios esenciales. Depender de propinas para mantener instalaciones clave genera desigualdad e inconsistencia. La gestión pública, con financiamiento adecuado, puede garantizar estándares más altos.
Finalmente, es necesario fortalecer una narrativa de orgullo y pertenencia. El turismo no solo es una actividad económica, es también una carta de presentación del país. Cada interacción entre visitante y prestador de servicios es una oportunidad para construir reputación.
México está en una encrucijada. Puede seguir siendo un destino “naturalmente atractivo”, confiando en su riqueza cultural y geográfica, o puede dar el paso hacia la excelencia deliberada, donde cada detalle cuenta.
La decisión no es menor. En un mundo donde la competencia turística es cada vez más intensa, la diferencia ya no está en lo que se tiene, sino en cómo se ofrece.
Fotografías de Tahití / Polinesia @espiraltv
